Debate sobre la imparcialidad política y el ejercicio del poder en México
La analista Verónica Malo cuestiona la doble vara de medir en la participación política de exconsejeros electorales frente a la intervención del Ejecutivo.

La columnista Verónica Malo ha puesto sobre la mesa un debate vigente en la esfera pública mexicana: la legitimidad de la intervención política tras el ejercicio de cargos públicos. El núcleo de la crítica reside en la disparidad de criterios con la que se juzga a quienes abandonan las instituciones autónomas frente a las acciones emprendidas desde la Presidencia de la República, generando un cuestionamiento sobre si el poder político otorga una superioridad moral o técnica en la toma de decisiones.
El argumento central expuesto por Malo señala que, mientras existe una reprobación social y política hacia exconsejeros del Instituto Nacional Electoral (INE) que deciden integrarse a las filas de partidos políticos tras concluir sus periodos, se observa una tolerancia distinta cuando el Ejecutivo Federal utiliza sus espacios informativos para fijar posturas sobre la agenda legislativa o judicial. Esta dinámica sugiere que la percepción sobre la ética pública depende, en gran medida, de quién ejerce la influencia y no necesariamente del principio de neutralidad que debería regir a los servidores públicos.
La discusión trasciende el ámbito electoral y toca fibras sensibles sobre la independencia de los organismos autónomos. La analista enfatiza que la legitimidad de un actor político no debe derivar exclusivamente de su posición jerárquica, sino de la congruencia entre sus acciones pasadas y su discurso presente. Este llamado a la reflexión ocurre en un momento donde la relación entre el Poder Ejecutivo y los organismos constitucionalmente autónomos atraviesa etapas de alta tensión y escrutinio ciudadano.
Finalmente, la postura de Malo invita a la ciudadanía a exigir estándares de imparcialidad que se apliquen de manera uniforme, independientemente de la filiación ideológica o del cargo ocupado. La premisa de que tener poder no es sinónimo de tener la razón se perfila como un recordatorio necesario para evitar que la narrativa oficial se imponga sobre el análisis crítico, garantizando así un equilibrio democrático más robusto en el país.


